domingo, 1 de junio de 2008

Un día de lluvia

Cuando llueve a veces me deprimo.
Sé que esta palabra en un niño de diez años puede sonar incluso fuera de lugar. Pero mi abuela la dice constantemente, y sé muy bien de lo que hablo. En la televisión por cable, en un canal perdido, encontré una serie americana donde una mujer, una ama de casa cincuentona, constantemente anda deprimida.
Y eso es, porque nadie le hace caso. Exactamente igual que a mí.
Hoy me he levantado y nadie me había puesto la ropa del domingo sobre mi cama. La tuve que buscar yo mismo, y claro, luego me pondrán pegas porque no la he escogido bien.
Me levanté y anduve por la casa como perdido entre las personas que viven conmigo. Mi madre, mi padre, y mi abuela. Ah bueno y el gato capullo. No, no lo insulto. Se llama así. Se lo puso mi padre. El nombre digo, no el capullo.
Siempre decía: Este gato es un capullo.
Y capullo se quedó.
Nadie me dijo que tenía que ducharme, así que no lo hice. Me senté pacientemente en el salón viendo la tv, y esperando mi desayuno. Mi abuela quería que le pusiese el pasapalabra. Había un canal temático dedicado a él por lo visto. Porque era dejarla sola y allí que veías aquel maldito rosco con palabras en rojo y verde.
Yo le dije que no podía cambiar el canal, que andaba deprimido.
Mi abuela masculló algo como qué diablos sabría yo de eso, y volvió a su calceta.
Ni siquiera el ruido de la lluvia conseguía amortiguar el sonido de mis tripas, así que me fui a la cocina para coger unas galletas.
Allí estaban papá y mamá discutiendo sobre la hipoteca.
La hipoteca es algo que viene todos los meses, como cuando mamá se pone mala y de muy mala leche, y papá se pone peor aún porque mamá no lo deja sentarse al lado suyo en el sofá. Al menos eso le dice. No te acerques que estoy mala. Yo creo que lo hace para no pegarle nada. Lo extraño es que no vaya al médico porque a mí es dolerme un poco la garganta y allí que me veo, sentado en el estúpido taburete con la cara del médico a dos centímetros de mi cara, y un palo plano empujando mi lengua y provocándome arcadas.
Pasé entre los dos, cogí el paquete de galletas y me fui de nuevo al salón.
- Con la a, instrumento de agricultura que, movido por la fuerza animal o mecánica, sirve para labrar la tierra abriendo surcos en ella-.
Con la a… ay que joderse. Mi abuela ya había cambiado el canal. Como andaba deprimido no quería discutir así que me salí al balcón.
Llovía a mares. La calle era un mar de agua y los coches pasaban levantando surtidores de agua con las ruedas.
Capullo se frotaba contra mis piernas maullando. Tendría hambre como yo.
¿Los gatos se deprimen? Supongo que sí, porque para el caso que le hacíamos, debería de estar hasta peor que yo.
Y encima con tanta lluvia me tendría que quedar todo el día metido en la casa.
Pablo, mi compañero de clase, siempre decía súper. Siempre estaba supercontento, superfeliz, supercabreado, etc. Pero yo ayer, viendo una película de Star treck, descubrí la palabra Hiper. Sí como hipercor. Que quiere decir que es muy grande. No se que diablos será el cor. Pero viene a decir que es enorme. Y en la película viajaban al hiperespacio, a la hipervelocidad de la luz.
O sea la caña.
Pues mi depresión ya era hiper, porque el hecho de imaginarme allí metido todo el día en casa…
Le pegué una patada a Capullo, y me metí dento. Me dieron ganas de dejarle en el balcón, pero me dio pena porque el pobre también andaba deprimido. Le dejé una galleta de chocolate en el suelo para que comiera algo y me fui a sentarme nuevamente en el sofá.
En el camino me interceptó mi madre. Esa palabra también era de la serie, y me dijo que tenía que ir a comprar el pan, me dió un euro en la mano, me puso el chubasquero, me subió el gorro, y faltó poco que me abriera el paraguas y me plantara en el pasillo. Sólo una madre puede hacer tantas cosas a la vez, y tan rápidas. Los padres normalmente hacen algo, pero es después de estar media hora quejándose y lanzando insultos y sobre todo diciendo en voz muy alta….
- ¡para un día que tengo de descanso, que me mato a trabajar por esta familia!
Capullo se había salido conmigo, iba a llamar para volver a meterlo en la casa, pero pensé que mejor que estuviese un rato por las escaleras bajando y subiendo. Así se distraería mientras yo venía.
Bajé corriendo las escaleras hasta el portal, y salí a la calle. Abrí el paraguas y sin pensármelo dos veces, me lancé al diluvio universal.
La panadería no estaba muy lejos, en el otro bloque, abrían todos los días del año. Pero todos, todos.
A papá le gustaba mucho ir. Siempre se traía un pan integral. Pan que acababa luego mohoso en el cajón porque nadie comía. No habíamos podido ni engañar a la abuela diciéndole que era muy bueno para el tránsito intestinal.
Para cagar, vamos.
Mamá pillaba unos cabreos impresionantes porque decía que sólo iba a la panadería a tontear con la niña, que se traía esa mierda de pan, para que ella creyera que se cuidaba.
Crucé corriendo la calle saltando los ríos de agua, y lo más rápido posible me planté en la panadería. Estaba la niña con la que tonteaba papá. Yo creo que dormía allí. Porque fueses a la hora que fueses, salía de la trastienda con su delantal blanco. Me quería dar el pan integral para mi padre, y que otro día me lo pagase él, pero le dije que no, que la abuela se había comido media barra y la habíamos tenido que llevar al médico urgentemente.
La verdad que me costó no reirme.
Cuando salí seguía lloviendo. Me paré observando el cielo. Estaba muy negro. No tenía pinta de parar en mucho tiempo. Hoy tendría que pasar el día en casa. En fin, leería un tebeo, hasta la hora de comer.
Volví corriendo a casa y a pesar de la prisa que me di llegué con todos los pantalones y las zapatillas mojadas. Cerré el paraguas, subí las escaleras y llamé a capullo para que volviera a entrar en el piso conmigo.
Papá y mamá seguían discutiendo por la hipoteca, y la abuela seguía con el pasapalabra, así que me metí en mi cuarto a leer.
Yo ya estaba hiperdeprimido.
No es que tuviese grandes planes para hoy. Quizás hubiese ido con la bicicleta, o a jugar con los amigos. Pero el no poder hacer nada de eso me cabreaba.
A las chicas les gustaba mucho los días de lluvia. Me lo había dicho Pablo. Porque se ponían… cómo era la palabra. Melancólicas. Eso era.
Luego la buscaría en el diccionario. Ahora no me apetecía.
Me tumbé a leer a spiderman, pero no sé como Capullo se tumbó encima de mí y con el calor me quedé dormido.
Mi madre me despertó para comer, y yo le dije que no tenía hambre. Que no quería comer. Que era lo que ella hacía cuando quería que papá fuese a hacerle mimicos y preguntarle que qué le pasaba a su churri.
Pero parece que mamá no estaba aquel día para tonterías porque me cogió de una pierna y me arrastró.
Me acordé de un libro de lovecraft, que habíamos leído en el colegio, que decía.
- “escribo esto mientras soy arrastrado al abismo”.
Pues eso mismo me pasó a mi.

Ahora ando deprimido, comiendo sopa y pensando…
- con la d, en las divisiones territoriales, parte comprendida en cada jurisdicción-

La verdad que la vida a veces se reduce a esto.
Un plato de sopa, la tv, tu familia…
Los días de lluvia tienen algo de hermoso y romántico para joderte bien un día de fiesta.
Bueno sigo otro día. Hoy no tengo ganas.
Quizás no os he dicho que a veces, en los días de lluvia me deprimo.
Y hoy no tengo ganas de hablar mucho.

5 comentarios:

Lobo dijo...

Bueno ya te dije en su momento que me gustó y ahora lo repito aquí.
Explendida y radiante a pesar de la lluvia.
XD.

damian varea dijo...

como escribió el gran bukowski "poco amor o poca vida no es tan malo. Lo que cuenta es observar las paredes. Yo nací para esto, nací para robar rosas de las avenidas de la muerte"
felicidades por tu espacio

Pat dijo...

los días de lluvia se nos resisten a muchos..
Encantada de haberte encontrado!

sueño dijo...

Gracias pat, eres bienbenida siempre que quieras, Muchísimas gracias por pasarte por aqui.
saludos

titiritera dijo...

¿asi que sacaste a tu niño a pasear? ;) bien hecho, Sueño. Besitos (yo a la mia la tengo constantemente titiriteando)