martes, 18 de marzo de 2008

sucia María




Encaminada a una inminente ruina, seguía por aquel callejón apresurada mientras sus pasos resonaban con eco, cosa que ella ignoraba, al igual que el frío gélido que helaba sus manos y pies, y el cutis de su cara.Ignoraba también la humedad propia de la incesante llovizna que empapaba los adoquines , las fachadas ennegrecidas de aquel callejón, los contenedores de basura, las latas oxidadas y plásticos , las salidas de vapor del suelo, y a ella misma.Su chaquetón, su pelo bajo la capucha de éste, sus zapatos .. calada hasta los huesos, no se percataba de que con ese tiempo invernal estaba a punto de agarrarse a una buena pulmonía, pues ya tosía y moqueaba desde hacia unos meses. Pero pese a todo lo que le habían dicho los médicos y aconsejado sus amigos mas cercanos y sus familiares, ella no guardaba ningún tipo de reposo, ni desde luego se alejaba de aquella vida.Aquella vida que le conducía ahora a través de aquellas largas y sinuosas callejuelas, oscuras, estrechas solitarias.....pero lejos de sentir miedo, lo que sentía era una profunda emoción.Emoción y vergüenza por ser descubierta. Que nadie supiera de su engaño, que nadie conociera de su secreto, de la estafa que traía para con su salud y su vida.

Eran cosa como de las diez de la noche, y aun no llegaba, pero el ritmo de sus pasos se aceleraba proporcionalmente a su ritmo cardiaco, sus pulsaciones que le hacían notar cada latido en la yugular, en los pulsos de las muñecas, en el pecho, en el estómago, como unas pequeñas bombas que iban estallando, cada vez con más fuerza y mayor frecuencia ...Bomm...Bomm...Bomm..Bomm..Bomm..Bomm.Bomm.Bomm.Bommbommbommbomm..
Salió al fin de aquel laberinto intrincado de callejuelas y callejones, a una pequeña plaza mal iluminada con un par de farolas, una de las cuales había sido víctima del vandalismo, y lucía rotos sus cristales.Había unos árboles en torno a una fuente y también unos bancos situados entre árbol y árbol.Bancos, suelo, y fuente se encontraban llenos de hojas doradas y naranjas, ocres y tostadas, , crujientes a las pisadas y otras mustias, que habían caído de los árboles debido al soplar inclemente del viento de los últimos días.
Al otro lado le esperaba una figura en la puerta de una cafetería.Aún no había terminado su paseo.
Era un hombre, con una gabardina gris y un paraguas negro. Estaba fumando, impaciente por que ella llegara al fin a la cita, pero nada nervioso, o al menos aparentaba una calma y una seriedad palpables desde lejos.
Ella no se detuvo un momento, cruzo presurosa la plaza y entró en la cafetería seguida de él.
Apenas se dirigieron un par de palabras, por de pronto él le tendió un pitillo, que, pese a no fumar, aceptó.Sólo fumaba en esas reuniones, había aprendido a tragarse el humo, y también esos silencios, a veces incómodos, a veces, tarea del oficio que tenían como empresa un domingo al mes.Él siempre recordaba que era mejor así, que para nada quería detalles de su vida, ni de su opinión. Recalcaba siempre que cualquier comentario estaba fuera de lugar.
Ella sabía muy bien a lo que había ido, a lo que iba cada vez...mejor dejarlo estar.De hecho no había nombres, no había una dirección, ni nada.
El contacto entre ellos fue meramente fortuito, una tarde en aquella misma cafetería ella había estado esperando largo tiempo a una amiga que no llegaba y él se le aproximo con el único ánimo de hacerle la propuesta que tiempo después ella aceptó.Nunca hubo más preguntas de las necesarias.Excepto una, eso sí..

-Has traído el dinero?
-Sí, como siempre.
-Bien.

Tras tomarse un último café con doble de leche condensada, se levantaron y se dispusieron a salir.
El abrigo empapado, ya que había logrado entrar en calor, era como un jarro de agua fría, pero literalmente.
En los poco mas de trece minutos que estuvieron sentados, no había parado de toser y sonarse la nariz , agotando con ello medio paquete de pañuelos de papel blancos, con un ligero perfume a miel que ella detestaba, pero que compraba su madre y ella por no hacerle el desprecio los tenía que gastar.
Su pelo liso, con algún remolino en la frente, le caía sobre la cara y los hombros, completamente chorreando, hecho canutillos y algo enmarañado por los remolinos de aire que formaba el viento dentro de su capucha.Tenía la piel muy pálida, pero unos rubores le subían hasta las mejillas y la boca. Tenía enrojecidos también el filo de los ojos y las comisuras de la nariz, debido a su pulmonía o bronquitis o lo que fuera que tuviera.De complexión alta y delgada, podía presumir no sólo de buena silueta, sino de una magnífica percha. Era de esas personas que se pusiera lo que se pusiera todo le que daba bien, digna e inconfundible señal de haber pertenecido siempre a una buena familia. De pelo castaño y ojos entre verdes y azules y marrones, gruesos labios y cejas enmarcadas, su rostro quizás no era de una típica belleza, pero claramente de un imponente atractivo.Su porte sereno, confiado, serio a veces, risueño otras, hacía de ella un ser sencillamente adorable, merecedor de ser querido por quienes la conocían.

Una vez estuvieron en la calle la condujo a un coche, un Volswagen Golf blanco con unos años, pero en muy perfectísimo estado, salvo por el pequeño detalle de que le habían sustraídos los cristales de los faros anti niebla y de los intermitentes delanteros, dejando a la vista un para nada bonito agujero lleno de cables, en el morro del vehículo.
Ella se montó detrás como siempre.
Apagó el móvil, como hacía siempre.

Y durante el trayecto, que la alejaba de aquel barrio, a través de carreteras comarcales, la lluvia, lejos de amainar parecía arreciar, y golpeaba con fuerza, casi con rabia la luna delantera del coche así como el resto de los cristales, como si , en el caso de creer en el destino y en las intervenciones divinas, pudiera afirmarse que trataba de decirle a María que cambiase de idea, de advertirle para que cambiase su rumbo.
Pero no, y el rechinar de las gotas de lluvia con el coche se intensificó, dejando de ser agua en estado líquido para convertirse en granizo. Tal cantidad de granizo y con tal magnificencia que apenas lograba verse nada, más allá del limpia parabrisas, el cual funcionaba ahora a toda carrera, como si se hubiera vuelto loco, y la verdad es que parecía que en cualquier momento iba a reventar el sistema que lo mantenía a esa velocidad , despidiendo ambas varillas volando por los aires.
Por fin llegaron a un polígono industrial, y tras torcer un par de veces a la izquierda y otras tantas a la derecha, el coche se detuvo frente a una nave revestida de hormigón, con unas grandes letras azules en su fachada.S

e bajaron del coche y entraron.
El recinto estaba repleto de maquinaria agrícola, repuestos, piezas, herramientas de todas clases. Se trataba de una nave dedicada a la metalurgia, pero en la especialidad de vehículos agrícolas.Todo era tremendamente sucio allí. En aquel lugar todo era polvo, grasa, olores muy fuertes, negrura allá donde los ojos se posaran, ya fueran paredes o suelos, incluso en los posters de mujeres en poses semi pornográficas, también allí había negrura.
A María la acompañaron dentro de un despacho más bien grande, y de forma rectangular, como de unos veintitantos metros cuadrados, que estaba situado en un alto en el techo, a través de unas cutres escalerillas metálicas, en las que ella siempre tropezaba con una goma antideslizante. Por más empeño y cuidado que ponía en no hacerlo, alguno de los pies se le encajaba siempre pues los filos estaban despegados y levantados, formando bullofas a lo largo de los diecisiete escalones.
Allí había más gente esperándoles pues eran los últimos que faltaban por llegar.Había otras mujeres. Estaban desnudas, sentadas en torno a una mesa, con copas de whisky, ron, etc, para que sus cuerpos mantuvieran el calor.
Olía mucho tabaco, casi todas fumaban y mucho, un cigarro detrás de otro.
Alrededor de la mesa, y de las mujeres, había una serie de hombres bien vestidos todos, con sus trajes de Roberto Cavalli, Hugo Boss, Christian Dior, Debota y Lomba...con camisas de Burberrys, Yves Saint Lourent, Ralph Lauren y corbatas, zapatos y cinturones de Valentino, Calvin Klein, Moschino...
Había una interesante batalla entre el humo de los cigarros y el perfume más que embriagador de sus caros y exclusivos perfumes, entremezclados, luchando por resaltar unos sobre otros.La estancia tenía un extraño ambiente.

María de desnudó, dejando ver su delicada y blanca piel, sus muslos gruesos, su culo redondo y prominente, su pubis desprovisto de vello genital como el de una niña , su cintura esvelta y alargada, sus pechos juveniles de rosados pezones, sus hombros huesudos, su largo cuello, su sensual espalda aderezada por su melena húmeda que caía en cascada sobre senos, espalda, cintura...y más abajo aún...
Ya estaban todos.
El juego era bien sencillo. Los caballeros, que así gustaban ellos de ser llamados en sociedad.ponían un millón de euros cada uno.
Ellas solo sesenta mil euros, puesto que no disponían de más capital, de hecho, algunas pedían créditos hipotecarios al banco para poder participar, porque de ganar...era una suma muy importante la que se llevaban..
Eran seis mujeres a sesenta mil euros cada una, y sólo había una vencedora, que se llevaba todo el dinero allí depositado por las otras jugadoras más uno de los millones depositados por los jugadores.Y seis hombres a un millón de euros cada uno, y un único ganador, que se llevaba el resto del dinero.Lo cual convertía aquellas reuniones, no sólo en ilegales, si no también en muy lucrosas para los vencedores .
María ya había participado unas cuantas veces, era toda una afortunada en esa transacción.Con todo el dinero que había ganado, trescientos sesenta mil euros por reunión, y había ganado así como en siete reuniones. ¿Suerte o la intervención divina de la que antes hablábamos?

El resto de mujeres solían ser por lo general, chicas en situaciones complicadas económicamente, con grandes deudas, drogadictas, prostitutas…A ella no le hacía falta el dinero, tenía un buen trabajo, una tiendecita, y su familia estaba muy bien acomodada económicamente, pero, ..la idea de aportar a su vida, emoción, riesgo, peligro...y cantidades ingentes de dinero, la trajeron mucho. Sólo era cuestión de probabilidad. Ya había invertido en Endessa, en Telefónica, en las grandes bolsas japonesas, se había comprado, un ático maravilloso que atribuyó a una muy complicada de conseguir hipoteca, un chalet en la costa que no atribuyó a nade porque lo mantenía aun en secreto, pendiente de percibir de su trabajo el éxito tan esperado por todos en su casa, para poder justificar dicho gasto.
Ahora hacía regalos mas caros y con más frecuencia que antes, conducía un bonito X5 nuevo, y sacaba brillo en el garaje del chalet a su mercedes biplaza de color azul que tanto le gustaba conducir en sus escapaditas secretas.Vestía igual de bien que siempre, pero ahora llevaba complementos que saltaba a la vista que le habían costado mucho más d elo que su sueldo le podía permitirse, asunto que ella hábilmente resolvía diciendo,
- No, ja,ja,ja, pero si es de imitación!-.
Llegado el momento, una vez todos se habían puesto a tono con whisky, ron, coñac, coca, l.s.d. ...los señores se dispusieron a quitarse sus costosas vestimentas.
Mientras los chofers inflaban uno de esos colchones que simulan camas, y lo vestían con sabanas de raso de colores.Las primeras sabanas fueron de color blanco. Una pena.
Como ya se dijo antes el juego era sencillo.
Previa partida de pocker el que sacara la mejor mano elegía turno.
Normalmente, cada uno había elegido ya a su chica, cuestión de la que se solían encargar los chofers, como en el caso de María. Siempre eran guapas, debían de serlo.
Y así, empezó el juego, mientras todos se sentaban cómodamente, o se mantenían de pié a un lado eso sí, para permitir la visión a los demás.El ganador de la primera mano de pocker se llevó a la chica ala cama improvisada, y le susurró a esta que empezara a hacerle determinadas cosas, de manera que la erección no se demoro en presentarse.
Como era de esperar prosiguieron practicando varias posturas, muchas de ellas muy gore, violentas, que incluían, fuertes azotes, ataduras e incluso insultos y degradaciones.
Después de un largo rato de sexo muy duro y muy salvaje, él se dejo caer abajo invitándola a tomar la iniciativa.
En ese momento, su chofer, sacó de un maletín un revolver se lo puso en la mano y éste apunto a la cabeza de la joven.
Ella se excitó muchísimo, tanto que sus jadeos se alzaron de volumen sin llegar a adquirir la categoría de gritos. Su cuerpo entero sudaba, pero desde ese momento eran auténticas gotas de pánico y adrenalina lo que le resbalaban por la cara, por los pechos, todos los muslos empapados.

Bang!

Sonó reverberante, fuerte, contra su frente.
Un humillo con olor a pólvora se percibió en el acto.
Él, que siempre disparaba, como todos, cuando estaba llegando al clímax, alcanzó su punto más álgido de excitación al ver la frente de ella hermosa y agujereada, limpiamente.
Terminó, de hacer lo que había ido a hacer allí, ya con el cuerpo de la muchacha sin vida.
Para eso pagaban tanto dinero y corrían tantos riesgos, para calmar, o potenciar, o experimentar un vicio, una versión del sadismo más cruento.
El revolver de seis recámaras, sólo se cargaba con cinco, con la idea de que hubiera un ganador, y por ende una ganadora.
Los chofers se dispusieron, una vez el primer invitado hubo terminado con regocijo sus juegos y placeres, a limpiar y cambiar las sabanas y ponerlas, esta vez azules, las que le gustaban a María pues de hecho era su turno y el de su compañero de partida.
De nuevo se repetía la escena, en la que un hombre practicaba sexo con una mujer joven y hermosa.
Fuera no paraba de llover, y el viento empedernido pegaba violento contra las paredes de la nave y contra el techo de duralita. Aquello era seguramente lo más parecido a estar dentro de un tambor enorme y tocado con saña. De nuevo el granizo hizo su aparición.
María, trataba de no pensar en lo que estaba haciendo, o dejándose hacer, más bien pensaba en el viaje que tenía proyectado a China, Egipto, Japón, Nueva York, una especie de tour estival.
Su compañero de partida, su sucio, como sucios eran todos , compañero de partida, empezaba a tener las contracciones típicas del orgasmo, el apretar de los dientes, el fruncir del ceño, los gemidos incontrolados...María ya sabía, porque lo había vivido otras siete veces lo que tocaba en unos segundos.
Y efectivamente, el chofer le cedió en revolver, ante la mirada expectante y exarcebada de los demás participantes y aterrorizada en el caso de ellas, pues, ..de salir victoriosa, ellas ya sabían que no dispondrían de ninguna oportunidad de salir de allí con vida.
Proclive desde siempre a este tipo de fantasías, a Maria le había gustado tener parejas como ella que la desearan y que la satisficieran en todos los campos sexuales. Exigente, pues era tendente al aburrimiento, le resultó que esta aberración, cumplía salvo por el detalle de morir, con todas sus expectativas, : sexo con un desconocido, esporádico, ante otras miradas, violento, trasgresor, y además, con ese alto riesgo que tanto la excitaba y hacía que se corriera casi en el mismo instante en que le apuntaba con el arma directamente sobre la frente, no sin antes lamer el ojo del revolver tal y como él le mandaba que hiciese. Se lo solía restregar por entre los pechos e incluso alguna vez llegó a introducírselo...En esos lugares, en esas situaciones, y por ese dinero, vale todo.Y así lo hizo...Después le apuntó en la frente y disparó.
Y así fue transcurriendo toda la noche, chica tras chica, millonario , tras millonario, sabanas de raso de colores, droga, whisky tras whisky...
Al término de la noche, ya prácticamente con el alba sobre los capos de sus coches, fueron metiendo los cuerpos sin vida en los maleteros, para deshacerse ellos, cada chofer se encargaba del suyo.

-Una buena partida.
-Sin duda.
-Hasta dentro de un mes.
-La próxima vez habrá mas suerte.
-Sí, otra vez será.
-Adiós caballeros
-Adiós.
-Adiós.

El chofer que había llevado allí a María la metió en el coche, estaba helada, su pelo aun estaba húmedo, y su rostro pálido.
No la devolvió a la cafetería.
Nunca lo hacía para no levantar sospechas.
Cada vez solía dejarla en un sitio diferente, pues era mucho lo que tenían entre manos, empezando por la cárcel.
El viaje de vuelta fue mucho más tranquilo, ya casi no llovía y la carretera esta vez si se podía ver perfectamente.

La carretera comarcal que atravesaban ahora bordeaba con un río de color verde azulado que a María le encantaba mirar siempre cuando volvían a esas horas.
Quizás porque estaba cansado y necesitaba parar un momento a tomar aire fresco, o quizás, y casi seguro, por hacerle un favor a ella, detuvo el coche a la orilla del río y se bajó para fumarse un cigarro, el último de la noche, después vendría el primero de la mañana.
Sacó a María del coche, llena de sangre envuelta en las sabanas azules de raso, y la tiro al río.
La vio hundirse, y empezó a pensar que esa misma noche tendría que buscarle sustituta.

-Otra vez será chica número veintisiete.

Tiró la colilla, se introdujo en el coche , arrancó y se fue.

4 comentarios:

Lobo dijo...

me ha gustado bastante, sigue así.

emperatriz dijo...

gracias por tu comentario auqneu la verdad, jej, ya te podias haber explayado mas.
un besazo mi niño

titiritera dijo...

Uff, pues me ha parecido buenísimo. Desde el principio consigues mantener una tensión para que aunque haya un final previsible, hasta el último segundo no se tenga la certeza. Y toda la historia la he visto, paso a paso. ¿Esta era tu Maria? ;D Besitos, Emperatriz.

emperatriz dijo...

Gracias por tu comentario, y bienvenida¡¡¡
Lo sé, es bastante previsible, pero es que algunos malos finales a veces se ven venir.
Me alegro que te haya gustado.
Y sí, esta era mi María ;D

Besos